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La década del cero

Para quien creció oyendo el rock de los ochenta, ingresar a los nuevos caminos propuestos por el género en los noventa fue un proceso natural. Inclusive si se venía de los setentas y se había sorteado el quiebre profundo del punk, era bien posible saltar un nivel para tomar nota de las novedades que la generación de los noventa traía en su caja de Pandora.

Adaptarse al cambio producido en el género rock durante los primeros años del tercer milenio, no es tarea sencilla. Hay que realizar un esfuerzo para tratar de entender un golpe de timón estético que dirige su rumbo hacia las serenas aguas del rock estándar, clónico, y que en muchos casos es más liviano que un hombre en la luna tocando música pop.

Sintomáticamente, nadie utiliza ahora la clásica terminología que ha servido para delimitar períodos históricos tipo “la década del veinte” o “los sixties”. Nadie dice “los años cero” o “la década del cero” como si esa sola mención pudiera tender un puente sugestivo entre el número que designa y el contenido de ese mismo período de tiempo.

LUCES EN EL PATIO

El género rock siempre se caracterizó por la permanente proposición de nuevos modelos y los años noventa fueron un caudal abierto de cosas oídas o acabadas de oír por primera vez: 1) etapa final de la evolución iniciada por el metal en los 80’s; 2) desarrollo y apogeo del hip hop y el industrial rock; 3) nacimiento del rapcore y el trip hop; 4) eclosión de un nuevo sonido: el grunge.

A contramano del panorama internacional, la década del 90 en Uruguay se inició como período de retracción y réplica del modelo punk, dark, hardcore, del decenio anterior. Si sólo se trataba de asomar la cabeza y mostrar lo que se estaba haciendo, las bandas de aquellos años tenían todo en su contra: un público casi inexistente, nula difusión, falta de apoyo de las casas discográficas y escasez de lugares donde tocar debido al permanente cierre de pubs por ruidos molestos.

“En los noventa, el rock era estereotipado como algo under –dice el periodista Leonardo Altmann- de boliches de mala muerte, de puertas cerradas, de guetos, de jóvenes de mala vida, inaccesible para el gran público, despreciado por el circuito comercial”.

La crudeza de su sonido, sus textos antisistema y su sesgado nihilismo, no pudieron servir a la causa de la popularidad, pero en cambio configuraron la circunstancia más favorable para el surgimiento de dos agrupaciones fundamentales en la historia del rock uruguayo: Gallos Humanos y el Peyote Asesino. Las dos sintetizaron el espíritu de la época llevándolo a su máxima expresión; las dos fueron modernas, audaces, revulsivas, y dueñas de una poética bien personal.

Con apenas una producción fonográfica (ya que casi todos los temas del primer disco de el Peyote volvieron a grabarse para formar parte de Terraja, su segunda placa), les bastó  para convertirse en hitos y dejar encendidas dos luces en el patio del tiempo, en tanto que ahora, entre la incesante edición discográfica de algunas bandas, apenas alcanza para un relumbrón.

ECONOMÍA Y ESTÉTICA

Hoy el rock nacional –afirma Leonardo Altmann- es un ‘producto’ que podría figurar en los ‘De más’ de Galería de Búsqueda; se volvió casi ‘fashion’, masivo, popular, y se expresa en un lenguaje accesible a todo público”.

Sus canciones suenan en casi todas las radios, existen varias empresas disqueras jugadas a apoyar la labor artística del movimiento y sobrados lugares para que las bandas se exhiban en vivo. A diferencia del rock de los 90’s y salvo raras excepciones, su ánimo es menos confrontador y su actitud más desentendida del legado del rock y de la opinión de la crítica; altamente contemporizador con la opinión del público: si los chicos que consumen sus productos les dan el visto bueno, es que el camino elegido es el correcto.

El aplauso parece ser el mejor indicador de la salud del movimiento y no los elementos que en la propia canción hablan de la presencia de textos de escaso interés (salvo por algo de Graffolitas, Bufón y Astroboy), y sonidos sin demasiada cosa novedosa que exponer. Un cierto espontaneísmo creativo reconocido por los propios músicos en sus declaraciones, y un conservadurismo acendrado, conduce a un tipo de canción reiterativa e incapaz de moverse afuera de los límites de lo aceptable en arreglos y experimentación de otras posibilidades.

Bajo el reino del mercado, si un grupo llega a cambiar algo de un registro a otro, el sentido de ese cambio es hacia lo obvio, lo liviano, jamás hacia un territorio de innovación en el cual, el público, pudiera llegar a darle la espalda a la propuesta. El último trabajo de Sórdromo (Los amigos invisibles) por ejemplo, vuelve trivial el sendero recorrido por la banda hasta Salvando la distancia, de la misma manera que Aunque cueste ver el sol de No Te Va Gustar, marca una notoria caída en la calidad de las composiciones –y en su potencial de llegada a la gente- respecto a Este fuerte viento que sopla, su disco anterior. Y se podrían seguir dando ejemplos porque este descenso del voltaje, no es patrimonio exclusivo de las dos  bandas mencionadas, y hasta podría asegurarse que casi todos los registros producidos post instalación del rock nacional como fenómeno masivo (año 2003), son inferiores a sus predecesores.

Se sabe que componer una canción de éxito o de igual calidad a la realizada con anterioridad no depende sólo de la decisión del creador. Pero también debería saberse que si uno tiene entre sus manos un montón de composiciones mal paridas, es mejor esperar a que otras aparezcan para volver a grabar un nuevo registro. De lo contrario, el interés que mueve esa acción tiene a lo económico como motivador principal y relega lo estético a un segundo lugar.

VALORES INTRINSECOS Y CONVALIDACION POPULAR

En lo que va transcurrido de la década del cero, ¿qué banda nueva queda como referencia ineludible?, ¿qué obra como sedimento? La falta de personalidad de las nuevas agrupaciones queda bien evidenciada en cada festival, cuando el aplauso del público recibe con mayor fervor a las bandas viejas (La Trampa, Trotsky Vengarán, Buitres) o a las de generación intermedia (La Vela Puerca, No Te Va Gustar).

Seguramente todo el periodismo especializado coincida con la siguiente opinión de Leonardo Altmann: “de las bandas del 2000 para acá, el mejor disco de rock nacional que he escuchado ha sido Automática (2003) de Astroboy”. Deberían convenir que, a su vez, no se trata de un disco trascendente. Tampoco lo son De bichos y flores de La Vela Puerca ni Este fuerte viento que sopla de No Te Va Gustar. Se trata de materiales que han provocado un gran efecto sobre la audiencia pero que ni parándose en puntas de pie, llegan a la estatura de Animaladas nocturnas (Gallos Humanos) y Terraja (Peyote Asesino), dos obeliscos plantados en los noventa, a fuerza de valores intrínsecos y no por acción de la convalidación popular.

Los discos más grosos de este decenio pertenecen a agrupaciones que se forjaron en los noventa, como Buenos Muchachos (Dendritas contra el bicho feo y Amanecer búho) o que tienen buena parte de su trayectoria en ella, como Elefante (Bazar) y  Kato (Kato).

Y otro dato para quedarse pensando: las obras cumbre, las que se roban todos los premios de la década, pertenecen a gente que viniendo del rock se aleja de él a pasos agigantados como Malpaso (El Tony Park ha vuelto al pueblo) o que, como Bajo Fondo Tango Club, ya lo ha hecho hace rato.

Leonardo Scampini

 
 
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